viernes, 27 de marzo de 2015

CONOCER UN PAIS A DEDO

Yo me digo que soy "fundamentalista del dedo".
Moverse de esta manera puede ser una alternativa económica para viajar, o una elección como viaje en si mismo. Así es como yo elijo que no pagar pasaje sea una de las premisas en la vida nomada que llevo hoy, y ahorrar dinero sea solo la consecuencia lateral de lo primero. Es una divertida manera de conocer la idiosincracia de una sociedad, y además la puerta a posibilidades mas enriquecedoras como compartir una comida con lugareños o dormir en casas familiares. Y es que a través del dedo gordo, como si fuera un canal energético, se recibe la buena onda de la gente, reflejo de la generosidad de todo un pueblo.

Y así es como entro a Ecuador y empiezo a conocer a su gente...
Ni bien pasamos el puesto fronterizo con Belu, como si de verdad una linea imaginaria que trazaron alguna vez hombres con intereses mas económicos que sociales cambiara a la gente, nuestra suerte empieza a endulzarse. Pasan muy pocos minutos y poquitisimos autos hasta que Rober nos levanta en su camioneta. Llegamos al desvio en donde debemos separar nuestros caminos, pero antes nos invita a almorzar y nos compra un agua a cada una para el viaje. Rober es el primer ecuatoriano que conozco. Hasta ahora es para mi el embajador del país de las bananas. Por eso decidimos que puede ser buena idea seguir un poco mas y acompañarlo hasta Piñas, su pueblo, que no esta en nuestra ruta. Y esta es otra consecuencia encantadora de viajar a dedo, la incapacidad de predecir en que oculto pueblito terminare mi dia. Llegamos y mi embajador ecuatoriano decide q no es buena idea dejar a 2 nuevas visitantes a la deriva, llevandonos hasta la puerta de un hospedaje que el elije por nosotras y dandonos 20 dolares que sobran para pagar la noche.

Otro dia, conociendo San Pedro de Vilcabamba con Agu, nos agarra la hora de la comida. En todo el mínimo pueblito la unica que sirve almuerzos es Inés Toledo. Buscamos su casa un rato, nos cuesta encontrarla por que Inés no tiene ni mesas, ni sillas, ni carteles a la vista. Y es que solo prepara comida por encargo los fines de semana para sus vecinos. Pero no duda en hacernos pasar, sentarnos a su mesa, y sin explicarnos nada, con el carácter típico de la gente de pueblo, introvertidos al principio, mezcla de verguenza y extrañeza, nos trae 2 platos de sopita de arrope que saca de la misma olla que preparo para su familia, y un fresquito de naranjilla que hace en el momento.

En Montañitas un nuevo primer puesto en los dedos insolitos desplaza al anterior viaje en teleferico. Nos lleva hasta casa, despues del trabajo, el "trencito de la alegría". Llegamos en la madrugada arriba de un vagón con luces de colores y escoltadas x el Pato Donald.

Llevo menos de un mes en este país y hacer un recuento de la cantidad de extraordinaria gente ordinaria que me regaló anécdotas sería extensivamente aburrido para quien quiera leerlo. Pero estoy en Isla Puná sola y me siento obligada a hablar de Santiago, un comunero de Cauchiche (una comuna de 400 habitantes) que esconde sus 85 años en un cuerpo fuerte y fibroso, pero los demuestra en los surcos de la cara morena por el sol. Ambas consecuencia de la vida en una isla, resultado de trabajar duro y luchar con la impredecible naturaleza que los tiene hace 2 años sin poder cultivar ni criar ganado por la sequía.
Nos conocemos en la lancha que nos cruza el rio, casi mar, en el mismisimo momento que cae el sol (esta mágica punteria que tiene el destino conmigo).
A Santiago lo tiene intranquilo mi soledad. No puede entender que yo la elijo y la busco hace rato. La primer noche duermo en su casa después de cenar con su familia sopita y fritada con patacones e infaltable arroz. A la mañana salimos con mi mochila Carmen convencidas de acampar en la playa buscando un poco de intimidad entre nosotras. En el camino me lo encuentro y me acompaña. Dejo mis cosas bajo un techito de hoja de palma, reparo ideal del sol y la lluvia para armar mi casa. Cerca vive Sabino, su sobrino. Me lleva para presentarmelo por si necesito algo, y para que me "converse". Volvemos justo segundos antes de que una ola alcance a Carmen, lo que habria sido fatal para mi casa ambulante. Es indudable que no me va a dejar dormir ahí, y con el pronóstico del mayor aguaje de los últimos 18 años aproximándose. Termíno durmiendo en una casa vecina a Sabino, enterita para mi, con colchón y ventanas al mar y a los mejores atardeceres del Pacífico.
Hay sequía, pero cosechan la hospitalidad a diario!



2 comentarios:

  1. Se nota que estas en un hermoso país no solo por sus paisajes.... Nos pone muy felices....

    ResponderEliminar
  2. hermoso todo lo que contas ,hermosa vos !!!!! te queremos, viajamos tu viaje !!!!

    ResponderEliminar